A raiz de las noticias
de nuevos supósitos
para ampliar la ley del aborto
en nuestro pais.
A raiz de las noticias de nuevos supósitos de ampliación de la ley del aborto en nuestro pais, la Iglesia siempre ha propuesto que la vida se debe acoger, proteger y amar desde sus inicios, y así lo expone en sus documentos. Entre otros la encíclica “Evangelium Vitae” de Juan pablo II, el de la Conferencia Episcopal Española: Comité Episcopal para la Defensa de la Vida sobre “El aborto” del año 1991 y la Carta a las Familias de Juan Pablo II, donde exhorta a construir una civilización del amor contrapuesta a la de la muerte.
No se puede negar que el aborto siempre es un hecho traumático que golpea la sensibilidad humana. Significa un fracaso para la futura madre la decisión de oponerse a la vida que hay en sus entrañas, rechazando su maternidad. Más aún lo es para el feto, al que se le considera un elemento distorsionador para el futuro de la madre. La ley civil es la que, de manera unilateral, creyendo defender y reconocer derechos de la mujer, tales como evitar traumas psicológicos, riesgos del propio embarazo, etc., no tiene en cuenta la parte más débil, la del feto, y de su “status” de derecho a la vida, permitiendo la llamada “interrupción del embarazo”, como si con tal descripción se quisiera esconder la dura realidad del ejercicio de un acto violento que provoca al muerte de un ser vivo.
Se habría de ofrecer a las mujeres en los momentos difíciles de la duda y con anterioridad a tal decisión un acompañamiento personal, una reflexión sobre los valores, medios humanos de protección y ayuda, que no les ofrece ni la frialdad de la ley ni los centros dedicados al aborto. Hoy, nuestra sociedad, tiene suficientes medios de respuesta personal, social y espiritual para ayudar a encontrar y redescubrir la grandeza del servicio a la vida, por encima de la difícil situación y a la vez fácil recurso al aborto. El hombre no tiene derecho a interrumpir la vida. La vida es un don Dios, y el hombre debe amarla y servir. Ciertamente que hay casos de difícil solución, pero estos no deben solucionarse mediante la provocación de otra injusticia.
La ley del aborto no implica que sea moralmente aceptable; tampoco los legisladores son la fuente de la moralidad. Que una ley permita tal acción no implica que esta sea moral, es decir, que sea una acción conforme a la dignidad y racionalidad de la persona humana. Los ciudadanos, los grupos y las instituciones sociales tienen derecho a hacer oír su palabra ante leyes que creen que ponen en entredicho los grandes valores humanos, entre ellos el del respeto y la protección a la vida. Los legisladores son también responsables de promover valores sociales, lo es el de la salud moral de la sociedad, y no toda reivindicación personal o social la han de elevar a la categoría de derecho. El aborto es una injusticia en contra del débil, en contra del que ya es un ser vivo y que por lo tanto tiene el derecho a ser defendido en justicia y por la Justicia. Si bien algunos ponen dudas sobre en qué momento se inicia la vida humana, la misma duda, por tratarse de la posible existencia de la misma, exige un mayor respeto.
Los cristianos creemos que Dios ha hecho al hombre responsable de acoger y de servir a la vida. Los políticos y la sociedad en general tienen cada vez más conciencia que hasta los más culpables de este mundo tienen derecho a la justicia y no pueden ser condenados a muerte. ¿Por qué se tiene que aplicar, ni que sea en algunos casos al no nacido, que ya es un ser vivo? ¿Con qué criterios la legislación puede decidir a partir de qué semana el feto tiene derecho a la vida? Es necesario que se dignifique y se proteja el valor de la maternidad; la madre y el hijo, sea cual sea su situación.
La Iglesia no es una instancia política. Ofrece al mundo lo que piensa desde la palabra y desde el testimonio, convencida que hace una aportación a los valores humanos y al sentido y valor de la vida humana. Ella está a favor del hombre, de la mujer, de los niños, de los que ya han sido llamados a la vida, en especial de aquellos que no tienen voz, de los pobres, los débiles. Se dirige a todos los hombres, en especial a los que se declaran creyentes, que quieren seguir a Jesucristo, que reconocen la grandeza, el valor y el sentido de quien ha dicho: “yo soy el camino, la verdad y la Vida”.
Delegación Diocesana de Pastoral Familiar
Arzobispado de Barcelona
Enero de 2008

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