La Delegación de Pastoral Familiar,
ante la nueva ley de ampliación de los plazos del aborto,
quiere unirse a la voz de la Iglesia y a la de todos los que lamentan este proyecto de ley

 

La Delegación de Pastoral Familiar, ante la nueva ley de ampliación de los plazos del aborto, quiere unirse a la voz de la Iglesia y a la de todos los que lamentan este proyecto de ley, por considerarlo contrario a la dignidad de la persona humana y al derecho inviolable del feto no nato.

Pertenece a la sociedad y a sus dirigentes, como dice la encíclica “Evangelium Vitae”, crear las condiciones necesarias para que no sólo se respete, si no que se ame la vida. No es posible construir el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida. Sobre este derecho se fundamentan todos los demás. La sociedad no puede tener una sólida base si se contradice aceptando las fuentes más diversas de desprecio y violación de la vida humana (E.V. 101).

La propuesta de la nueva ley sobre el aborto contiene aspectos verdaderamente preocupantes. Cuando una mujer está embarazada, no vive con la incerteza de cuál será el fruto de sus entrañas; sabe que espera un hijo/a. En el caso que la madre tenga problemas que le provoquen sentimientos de rechazo hacia el hijo, la ley no propone ninguna alternativa al aborto. No ofrece ningún recurso que ayude a la madre a aceptar su maternidad y que la libere del trauma que significa decidir la eliminación de la vida de quien ha de nacer.

La maternidad ha de ser responsable y querida. El acto sexual no es un acto banal, pertenece al encuentro amoroso y responsable de los esposos. Pero si las relaciones sexuales han cristalizado en una nueva vida, nunca es lícito destruir lo que ya es de por sí un ser independiente de la madre. La muerte de un hijo nunca es una solución a los problemas de la madre. Ésta tampoco es la solucón que le debe proporcionar la sociedad. Provocar la muerte no puede ser nunca un acto humano, y mucho menos cristiano.

Una ley del aborto no es signo de una sociedad progresista, más bien al contrario: es consecuencia de renunciar a vivir y a transmitir el valor más fundamental de la persona. Los políticos no la pueden justificar diciendo que otras sociedades la aceptan. Facilitar el aborto es renunciar a educar en el auténtico sentido de la sexualidad. Es permitir que se siga banalizando la relación sexual. Proponer el aborto como solución para limitar la natalidad es negar el hecho evidente: la existencia de un hijo. Es un atentado contra la vida con excusa de legalidad.

La ley permite a los adolescentes y menores de edad la posibilidad de abortar sin el consentimiento de los padres. La autoridad civil no puede dispensar de la responsabilidad de los padres hacia sus hijos, como es la de velar por su bien físico y espiritual. Son los padres quienes mejor pueden ofrecer el calor y la ayuda cuando los hijos han de tomar decisiones en momentos difíciles de su vida. Ellos, mejor que nadie, porque són padres, saben el valor de la vida, el espíritu de sacrificio y renuncia que precisa el bien de los hijos. Esta ley interfiere y lesiona el derecho y deber irrenunciable de los padres hacia sus hijos.

La Iglesia ama y defiende la vida porque es el don más preciado del hombre. Jesús ha venido para que tengamos Vida, y en abundancia. La Iglesia rechaza todo tipo de atentado contra la vida porque es contrario al bien del hombre y de la sociedad. La respuesta al aborto, como decía hace pocos días el Papa Benedicto XVI, exige ofrecer ayuda y educación a las personas, en especial al sentido y valor de la sexualidad y de los valores humanos y espirituales. El más fundamental, el amor, la protección y el respeto a la vida. La vida viene de Dios y Dios es amor.


Barcelona, 18 de maig de 2009
Delegació Diocesana de Pastoral Familiar
Arquebisbat de Barcelona

 

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